Las gotitas de lluvia rociaban las ventanas y una luz azulada iluminaba la mañana, mientras el pequeño Christian apretaba con sus pequeños dedos la mano de su mamá, una joven a la que llamaban constantemente para trabajar y pasaba largos tiempos fuera de la casa en un oficio desconocido. Aquella mañana, ella decidió no llevarlo a esa fiesta infantil, para que no se distrajera mucho ni conociera el sabor de la envidia. El le dio un beso en la nariz y sus mejillas se tocaron tiernamente, luego ella subió a esa camioneta oscura y se perdió de vista a toda velocidad. Esa fue la última vez que ese niño vio a su madre y así, la había recordado durante diez años, vestida de algodón tierno, con ojos de niña triste, las manos limpias y una bolsa de caramelos de la esquina.
Ahora, Christian era un hombre y podía romper todos los pactos de silencio hechos por sus abuelos, quienes se negaban a darle una respuesta sobre el paradero de su madre o sobre ese oficio siniestro que la alejaba de el en las tardes con un bolso prohibido en la mano. Ya era hora de trabajar y colaborar con los asuntos de la casa, decidió que haría todo lo necesario para proveer a sus abuelos, mientras miraba las gavetas aún llenas de preguntas. Una nariz de plástico escondida en una caja vieja, le brindó una gran idea: Haría reír a los demás para ganarse la vida. Pero, a donde iba, los niños eran crueles y reían maléficamente, entonces, volvió a sentirse como el pequeño desterrado y acomplejado, el único que quedaba con las flores en las manos todos los días de las madres.
Decidió cobrar su venganza por lo que la vida le había arrebatado y no dejaba de imaginar el rostro de su madre, quien tal vez debió aguantar peores sufrimientos para “entretener a la gente”. Sus lágrimas abrieron surcos en el maquillaje de payaso, pero no le importó y llegó a aquella fiestecita, donde lo esperaban para burlarse de él, con una pistola en sus manos y la descargó, sin dudar un segundo. Sin embargo, algo salió mal. Una señora, vestida de payasita, quien había dejado a su hijo hace muchos años para darle una vida mejor sin nada de que avergonzarse, tocó el timbre de la casa, mientras pegaba su nariz roja en el rostro arrugado. El la reconoció de inmediato y los misterios de su vida terminaron, tras haber acabado con los hijos de aquellos pequeñitos, a quien su madre les dio la infancia feliz que el tanto necesitó.
Ahora, Christian era un hombre y podía romper todos los pactos de silencio hechos por sus abuelos, quienes se negaban a darle una respuesta sobre el paradero de su madre o sobre ese oficio siniestro que la alejaba de el en las tardes con un bolso prohibido en la mano. Ya era hora de trabajar y colaborar con los asuntos de la casa, decidió que haría todo lo necesario para proveer a sus abuelos, mientras miraba las gavetas aún llenas de preguntas. Una nariz de plástico escondida en una caja vieja, le brindó una gran idea: Haría reír a los demás para ganarse la vida. Pero, a donde iba, los niños eran crueles y reían maléficamente, entonces, volvió a sentirse como el pequeño desterrado y acomplejado, el único que quedaba con las flores en las manos todos los días de las madres.
Decidió cobrar su venganza por lo que la vida le había arrebatado y no dejaba de imaginar el rostro de su madre, quien tal vez debió aguantar peores sufrimientos para “entretener a la gente”. Sus lágrimas abrieron surcos en el maquillaje de payaso, pero no le importó y llegó a aquella fiestecita, donde lo esperaban para burlarse de él, con una pistola en sus manos y la descargó, sin dudar un segundo. Sin embargo, algo salió mal. Una señora, vestida de payasita, quien había dejado a su hijo hace muchos años para darle una vida mejor sin nada de que avergonzarse, tocó el timbre de la casa, mientras pegaba su nariz roja en el rostro arrugado. El la reconoció de inmediato y los misterios de su vida terminaron, tras haber acabado con los hijos de aquellos pequeñitos, a quien su madre les dio la infancia feliz que el tanto necesitó.
FANTASMA DE CONCRETO
ILUSTRCIÓN: KENNETT


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