¿Cuánto daño es posible hacerle a un ser? Todo el necesario y el innecesario. ¿Hasta dónde se puede llegar? Hasta que la muerte comience a parecer amigable. Cuando Lucy comenzó a comprender su realidad ya era demasiado tarde. El tiempo en el sótano ya había pasado lento, como la duración del agua hirviendo en la tina donde su abuela la sumergía desde niña, para lavar las marcas en las muñecas e impedir que la gente se diera cuenta de las carnes degolladas y los huesos en las cacerolas. A ella, siempre le gustó estar más dormida que despierta, porque en los sueños todo es perfecto y la eternidad no es más una utopía, allá nadie te juzga y aunque te torturen, jamás te abandonan. Para sus ojos, ver un unicornio encadenado a un semáforo, no era más extraño que las locuras de la abuela, prendiendo velas en el altar e incienso en los rincones para alejar a los malos espíritus y dormir bien, sin delirios de persecución y por supuesto, alejar a los cobradores del sótano.
Lucy descubrió que, encerrada en su mente, podría lograr lo que quisiera, desde montar el unicornio, hasta ser un cantante rockera, claro, eso se intensificaba cuando la abuela subía el volumen a la radio para que los gritos desesperados de las víctimas no enteraran a la ciudad. Por supuesto, le hubiese gustado llegar a ser una joven normal, de esas que pulen sus uñas y gritan en las peluquerías, pero, eso no era posible, estaba encadenada a la oscuridad, a los oídos tapados, a los pájaros negros que tocaban las ventanitas de vez en cuando, al olor a sangre putrefacta, a las monedas en el frasco, a los huesos calcinados, a la caricia de la abuela con el cuchillo en la otra mano y su vestidito de flores manchadas. Había aprendido por experiencia a no hacer preguntas sobre lo que pasaba, el modo de vida familiar, pues, fuera lo que fuera, sólo tenía a esa señora despeinada y maloliente como compañera de vida, aunque esas manos arrugadas fueran las provocadoras de tantos gritos y sangre derramada. Un día, uno de los seres llevados a la mesa de la cocina, le propinó un golpe mortal a la abuela, incluso le había roto la tráquea en dos con una sola patada.
Lucy descubrió que, encerrada en su mente, podría lograr lo que quisiera, desde montar el unicornio, hasta ser un cantante rockera, claro, eso se intensificaba cuando la abuela subía el volumen a la radio para que los gritos desesperados de las víctimas no enteraran a la ciudad. Por supuesto, le hubiese gustado llegar a ser una joven normal, de esas que pulen sus uñas y gritan en las peluquerías, pero, eso no era posible, estaba encadenada a la oscuridad, a los oídos tapados, a los pájaros negros que tocaban las ventanitas de vez en cuando, al olor a sangre putrefacta, a las monedas en el frasco, a los huesos calcinados, a la caricia de la abuela con el cuchillo en la otra mano y su vestidito de flores manchadas. Había aprendido por experiencia a no hacer preguntas sobre lo que pasaba, el modo de vida familiar, pues, fuera lo que fuera, sólo tenía a esa señora despeinada y maloliente como compañera de vida, aunque esas manos arrugadas fueran las provocadoras de tantos gritos y sangre derramada. Un día, uno de los seres llevados a la mesa de la cocina, le propinó un golpe mortal a la abuela, incluso le había roto la tráquea en dos con una sola patada.
Allí, Lucy descubrió que su imaginación no siempre iba a poder protegerla, porque la realidad siempre quiere deformar a los indefensos. Nada en el mundo podría hacer que olvidara, ni por un segundo, los rostros de cientos de personas hambrientas, enfermas y dementes, a quienes su abuela alimentó durante años, robando cabras, ovejas y ganado de las granjas cercanas, sin importar que debiera descuartizarlas en el mismo sótano donde arrullaba a su nieta, porque nadie comprende las acciones ajenas hasta que se encuentra en la posición de ese o esa que las ejecuta, tal vez el olor a sangre sea uno más de los signos incluidos en la cruel lista de los prejuicios del mundo. Ahora, Lucy, lo entendió.
FANTASMA DE CONCRETO
ILUSTRACIÓN: KENNETT


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